"Las primeras imágenes del cine mostraron a los obreros saliendo de la fábrica, pero la cámara que filmó estas escenas era los dueños de la fábrica y no de los obreros", César González sentencia esta frase ante un público que lo escucha atento luego de ver su undécimo largometraje. El cineasta, escritor y artista plástico presentó el último sábado junto a Rodrigo Lugones "Rancho Merlo Blues" en el marco de la vigésima edición del Festival de Cine Latinoamericano, y como una declaración de principios indisoluble, afirmó: "Yo filmo, luego existo".
La película, situada en Merlo, narra la historia de un grupo de amigos que tienen una banda de rock y persiguen el sueño de tocar y grabar su primer disco. Pero el camino no es fácil, está lleno de obstáculos de todo tipo, los habituales -pero no naturales- para los que vienen de abajo y habitan la periferia bonaerense; los que sienten sobre sus espaldas la proximidad de la muerte o la determinación (casi) imbatible de su destino: la cárcel o la fábrica.
Las historias se fragmentan y se entrelazan con el mismo virtuosismo. De Marx a Perón, pasando por Sartre, entre otros, las referencias intelectuales y los libros se superponen, retroalimentan las historias y son parte estructural de la trama. Como si hiciera falta, el lente de González lo reafirma: en la villa hay más que barro, drogas y armas. En el paisaje social que nos presenta un joven que lee en la puerta de su casa como una forma de enfrentar al sistema. Otro que cita a un autor y dice: "El deber de todo escritor es sacudir la conciencia pública". Una cámara para filmar que se vuelve protagonista y tiene efectos terapéuticos en una joven que sufre esquizofrenia. El arte como medicina y como arma legítima de salvación. Huellas autobiográficas que el propio César reconoció después.
En tiempos en los que la crueldad es un valor y todo tiene que ser mercantilizable, la película es una especie de homenaje -oportuno y necesario- a aquellos que emprenden la búsqueda artística. Un poco de aire puro ante tanta asfixia instrumental y productivista que nos devuelve el mundo ante cada suspiro. "Todos los artistas buscamos la gloria, o el reconocimiento, pero no hay lugar para todos y lo que queda es el camino", señaló el director.
Y la obra se guarda un bonus
track que la vuelve todavía más lograda, recupera el legado de José Marcos
Belmonte, más conocido como Ioshua. Escritor, performer y músico nacido en
Merlo, que vivió 14 años en la calle y murió este año envuelto en la pobreza y en el olvido. Un estandarte de la narrativa under bonaerense que vive a través de
su prosa.
En una de las escenas, se ve a
una joven en un parque, frente a sus amigas, narrando con la pasión que se merece las siguientes líneas del
poeta:
"Hoy la policía mató a un
pibe lindo que conocí.
Un pibe que parecía bueno y
sonreía como el sol.
Hoy la policía mató a un pibe
lindo con ojos de lago y cuerpo de flecha.
Hoy la policía mató a un pibe
lindo que me abrazaba y me hacía sentir seguro y firme sobre este infierno que
se derrumba.
Hoy la policía mató a un pibe
lindo que parecía bueno para mí".

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