Y pensar que aún hoy, ante este tipo de sucesos, hay quienes aseveran con inexplicable insistencia que el fútbol es sólo fútbol. Pobres, no saben lo que se pierden. Porque simplemente no lo entienden. Y vos, Miguel, sí que lo sabías. Sí que entendías todo. Y además tuviste la generosidad, con tu ejemplo, de enseñarnos.
“‘¡Qué importa!’ ¡Qué más quería que morir así ese hombre! ¡Esa es la manera de morir para un canalla! ¿Iba a seguir viviendo? ¿Para qué? ¿Para vivir dos o tres años rasposos más, así como estaba viviendo, adentro de un ropero, basureado por la esposa y toda la familia? ¡Más vale morirse así, hermano! Se murió saltando, feliz, abrazado a los muchachos, al aire libre, con la alegría de haberle roto el orto a la lepra por el resto de los siglos! ¡Así se tenía que morir, que hasta lo envidio, hermano, te juro, lo envidio! ¡Porque si uno pudiera elegir la manera de morir, yo elijo ésa, hermano! Yo elijo ésa”.
19 de diciembre de 1971 – Roberto Fontanarrosa
La cita de uno de los memorables cuentos del Negro que encabeza este artículo, utilizada por el periodista Roberto Parrottino para graficar el epílogo de la vida de Miguel Ángel Russo, parece escrita también para este momento repleto de tristeza. Miguel dejó ayer el mundo de los mortales para acomodarse de una vez y para siempre en el altar futbolero de las leyendas, aquellas que son imperecederas en la memoria popular.
Se fue de este plano como vivió,
con honradez y con hidalguía. Desde hace años peleaba contra una muy fea. Le
había ganado varias batallas, como las que ganó en el mediocampo pincharrata en
los setenta y en los ochenta. No le fue fácil a la maldita enfermedad vencerlo,
y cuando lo hizo, él, siempre digno, ya estaba en paz. En el lugar que quería
estar. En el lugar que merecía estar: oliendo césped, con una pelota bajo la
suela y rodeado de jugadores e hinchas. Lleno de fútbol. Su mejor antídoto.
“Esto se cura con amo, nada más”,
dijo alguna vez en Colombia, cuando las quimios pasaron a ser parte de su
cotidianeidad. Y cuánto amor recibió. No es fácil lograr lo que él logro, ser
muy querido por clubes como Estudiantes, Lanús, Vélez, Millonarios, San
Lorenzo, Rosario Central y Boca, y respetado por absolutamente todos.
Un tipo con la sonrisa de Miguel
no puede ser fácil de olvidar. Y no lo será. Amable, simple, con códigos. Un
tipo común. Uno de los de antes. Un arquetipo del argentino de barrio que
paradojamente llegó hasta donde muy pocos llegan.
Y pensar que aún hoy, ante este
tipo de sucesos, hay quienes aseveran con inexplicable insistencia que el
fútbol es sólo fútbol. Pobres, no saben
lo que se pierden. Porque simplemente no lo entienden. Y vos, Miguel, sí que lo
sabías. Sí que entendías todo. Y además tuviste la generosidad, con tu ejemplo,
de enseñarnos.
¡Qué forma de vivir, Miguel! Buen
viaje.
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