Fue en diciembre, no pudo ser otro mes
Desde hace un año viajo en tren a trabajar desde La Plata a Constitución. Habito a diario, por más de tres horas, el particular universo de ese transporte público, ese mundo de comunes. Y la mejor forma que encuentro para que ese tiempo no sea un tiempo perdido es pasarlo leyendo. Leo por placer, por supuesto, pero también leo para intentar escapar de todo lo que ocurre a mi alrededor. Debo admitir que leo por cierta fobia social que viene in crescendo en el último tiempo al compás trepidante de mi rutina. Leo para refugiarme y no tener que ver y escuchar. Pero veo y escucho demasiado, no puedo evitarlo. Y un día caluroso del último diciembre, en los días previos a navidad, escuché una misma palabra más de diez veces, masticada con cierta rabia y vergüenza en la boca de diez o más personas distintas, en situaciones distintas: una jubilada, un jubilado, un cartonero, un operario de una fábrica, un estudiante y una estudiante, un niño y una niña, un vendedor ambulante. Todos coincidieron en vomitar esa urgencia, en expulsar esa sensación, ese sentimiento voraz: h a m b r e. Tengo hambre. Tuve hambre. Tiene hambre. Paso hambre. Pasé hambre. Al escucharla por tercera o cuarta vez dejé mi libro de lado y levanté la mirada. Un poco desorientado miré a mi alrededor. Quise saber de dónde provenía esa especie de grito ahogado, ponerle caras a esos susurros apresurados. Y en todos esos rostros anidaba otra coincidencia, buscaban de forma desesperada una respuesta. Una solución, tal vez. Otra palabra, al menos. Pero la fuerza de esas seis letras se disolvían y hacían el aire más denso, más espeso. No había otra palabra después. Ganaba protagonismo un silencio incómodo que los aturdía. Que me aturdía. Me puse a pensar entonces cuándo fue la última vez que tuve hambre. No encontré una respuesta inmediata, y me invadió otra pregunta que me inquietó aún más. ¿Alguna vez padecí hambre realmente? ¿Experimenté esa sensación asfixiante en el estómago con la certeza de saber que no la iba a poder calmar por mis propios medios? Y tampoco conseguí una respuesta sin tener que recurrir a los recuerdos de mi niñez, cuando yo no era el encargado de alimentarme.
Pero acaso el hambre estuvo siempre ahí, en el mismo lugar, en las bocas y en los cuerpos que antes no veía y ahora miro porque ya no me resultan tan lejanos, tan extraños. Quizá ahora siento como un eco esas voces porque es diciembre y como todos los años recrudece cierta memoria histórica en nosotros. En mí. O hay algo más actual, una conexión corporal, real y cotidiana con esas personas. Quizá ahora estoy, por cierta obligación, más cerca de ellas compartiendo el mismo vagón todas mis mañanas y mis tardes. Subsistiendo en una línea más delgada.
Tal vez aquel día de diciembre me sentí afortunado por tener trabajo y casa, y no tener hambre, pero al mismo tiempo me vi como uno más de ellos, uno más de esa gran masa que se queda con la mirada suspendida en el paisaje indiferente que le devuelven las ventanillas, esperando llegar a sus casas con el simple anhelo de tomar unos mates y comer algo, si hay algo.
Con el correr los días mis preguntas no desaparecieron, permanecieron como una especie de zumbido molesto en mis oídos, dejando una sensación de vacío que intento de algún modo aliviar aquí, a través de estas líneas, y gracias a ellas volví a una reflexión de Martín Caparrós que leí hace un tiempo: “Aunque no diga nada que no sepamos ya. Todos sabemos que hay hambre en el mundo. Todos sabemos que hay ochocientos, novecientos millones de personas -los cálculos vacilan- que pasan hambre cada día. Todos hemos leído o escuchado esas estimaciones -y no sabemos o no queremos hacer nada con ellas… ¿qué queda entonces, el silencio?
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