Fue en diciembre, no pudo ser otro mes Desde hace un año viajo en tren a trabajar desde La Plata a Constitución. Habito a diario, por más de tres horas, el particular universo de ese transporte público, ese mundo de comunes. Y la mejor forma que encuentro para que ese tiempo no sea un tiempo perdido es pasarlo leyendo. Leo por placer, por supuesto, pero también leo para intentar escapar de todo lo que ocurre a mi alrededor. Debo admitir que leo por cierta fobia social que viene in crescendo en el último tiempo al compás trepidante de mi rutina. Leo para refugiarme y no tener que ver y escuchar. Pero veo y escucho demasiado, no puedo evitarlo. Y un día caluroso del último diciembre, en los días previos a navidad, escuché una misma palabra más de diez veces, masticada con cierta rabia y vergüenza en la boca de diez o más personas distintas, en situaciones distintas: una jubilada, un jubilado, un cartonero, un operario de una fábrica, un estudiante y una estudiante, un niño y un...
Un espacio de expresión y reflexión sobre esta realidad distópica